jueves, 17 de abril de 2008

INFIELES CON PERMISO.

Crónica. Cinco horas en una fiesta “swinger”.
INFIELES CON PERMISO.
En Cali, existen seis sitios oficiales que ofrecen fiestas para intercambio de parejas. En promedio, quienes sucumben en esta nueva tendencia, oscilan entre los 35 y 50 años de edad.
Por: Héctor Fabio Mosquera y Eliana Rendón.
Para entonces el reloj marcaba las nueve de la noche. El lugar de las “pasiones compartidas” era una casa en el barrio Alameda como cualquier otra; de fachada adornada con tablones de mármol y puerta de esas echas en ferretería, digna de la arquitectura del lugar. Era una cuadra de entre 30 y 40 metros de largo. Un carro pasaba cada media hora.

Un tablero electrónico que asomaba su reflejo desde la calle quinta, daba cuenta que en Cali, los termómetros se aplomaban en los 19 grados. Tras irrumpir en el interior del clandestino lugar, quien da la bienvenida es un hombre de unos 50 años: alto, piel morena y el poco cabello que sobre vive en su cabeza, refracta las luces de la recepción. A sus espaldas una pared de madera, tímidamente dejaba escapar la música del lugar; el guión a seguir es incierto - ¿Se debe cancelar ya? ¿Cuánto es? – Por supuesto - asienta el hombre. Son setenta mil pesos.

Ya comprado el pasaporte a lo desconocido y con las cuentas claras, el encargado indicó el camino a recorrer. La trémula sensación de peligro y curiosidad no abandonaron nunca las honduras de mi conciencia.

El minutero repuntaba unos 30 minutos desde la hora de llegada. El sonido se hacía estridente y envuelto por la oscuridad de un pasillo el paso a paso se tornaba lánguido y tímido. La primera imagen, fue la de un trasero desnudo sostenido firmemente por un par de piernas musculosas y morenas que se plegaban y estiraban al son de la melodía pero a tono con una mujer que cumplía con su coreografía.

El sitio no tiene nada que envidiarle a una discoteca: luz tenue, aromas de la noche y ambiente de deseo. Eran unos 20 o 25 metros cuadrados. En el centro una pista de baile, custodiada por una barra gigante que demarca el lugar. El jacuzzie y un sauna al ladao izquierdo, esperaban los amamantes.

Quien da la bienvenida es la administradora, que tras el calor de la fiesta termina por incluirse a los juegos de la noche. ¡Bienvenidos!

El panorama divisaba unas diez parejas, sin incluir los bailarines. Todos eran adultos entre los 35 y 50 años. Para entonces, la dicotomía de los asistentes era inviolable y observaban impávidos el show ofrecido, que comenzaba a tornarse pasional.

El hombre de las “piernas plegables” y con botas tejanas, desenfundaría su miembro para recubrirlo con un preservativo; de ahí en adelante junto a su compañera coreografía se entrelazaron con tal pasión como drama dramaturgia que los asistentes al lugar se fueron contagiando uno a uno; algunos se besaban, otros se tocaban, pero todos coincidían en querer dar inicio a la fiesta.

Sonaban tres canciones, mientras las parejas rompían el hielo. Acto seguido, el animador del lugar salió a la mitad de la pista, gritando y asegurando que ésa, sería la noche de nunca acabar.
Aquel hombre, algo barrigón , con una mano en el micrófono y la otra en su entrepierna, similar a un jugador de fútbol que aguarda el pitazo de un tiro libre, ordenó una tanda de regaeton para convidar a las mujeres para que trataran de seducir al hombre ajeno – aunque en ese lugar todo era de todos.

La rutina era obligatoria y las más experimentadas avasallaban a las novatas para que despojaran sus vestiduras. Ninguna opuso resistencia y las “Evas”, se contoneaban libres y seductoras en el paraíso de las “pasiones compartidas”.

El turno siguiente era para los caballeros, quines con menos tapujos aceleraban ávidos el inicio de los intercambios. Finalizaba la demostración de verdaderos “stripers”, por lo que de ahí en adelante todo fue una conjunción, de lujuria, sexo desinhibición.

No quedaba un sólo secreto, pues los asistentes ya éramos bienes públicos. Una pareja se besaba, al tiempo que dos mujeres desconocidas en la cotidianidad, pero amigas en la lujuria, se acariciaban mutuamente, mientras una tercera rompía el binomio con un par de juguetes sexuales.

Todos se tomaban de las manos, para explorar las atracciones del lugar. Para ese entonces la noche me incluía como protagonista junto a una ecuatoriana alta, de cabello largo y rubio; sus senos eran firmes y empinados como un par de picos que se asoman en el horizonte.

Rosa era su nombre y Joaquín su hombre que ya se encontraba embadurnado por las mieles de otras dos mujeres; ella por su parte se unió a una pareja que aún deambulaba el lugar y preguntó: ¿para donde vas nena?- refiriéndose a la nodriza que caminaba junto a su amo, quien sin responder una sola palabra, remojó sus labios y espero paciente el beso que Rosa tenía preparado para ambos. Aquel instante como el resto que esperaba pasó cuadro a cuadro.

Quizá la fantasía de unos muchos se concentraba en contemplar la sublime unión de las Venus que se entrelazan en una sola sin dejar tempo a las palabras; sus lenguas se enredan de tal forma que parecería una sola, sus pezones erectos se chocan frente como polos opuestos y ni hablar de sus húmedas entrepiernas que conjuran toda la pasión del momento.

Ya la noche del sábado moría y la madrugada del domingo apenas nacía, pero la apasionada Rosa, dirigía la escena. Caminaron juntos a un cuarto de dos metros de largo por tres de ancho; en su interior, un pequeño catre impregnado de sexo, pasión y lujuria, esperaba por los amantes. El olor era tan denso que un que se podría cortar con un dedo.

Varios minutos de caricias pasaron para que Rosa y aquella mujer se convirtieran en una sola, sus bocas conjuraban todo el morbo que el sitio producía por si mismo. El hombre que se fungía imponente añoraba impaciente para explorar cada rincón de sus cuerpos y sin pensarlo, Rosa pidió a su amante de turno olvidarse del entorno.

45 minutos habían pasado entre besos, caricias, mordiscos, palabras elevadas de tono y gemidos. En ese momento Rosa se fundía en el sexo de aquel hombre, al tiempo que su compañera disfrutaba del cuadro y se auto complacía. Por su parte, Rosa aferró sus manos al pecho de su amante y gritaba - ¡no aguanto más! ¡”Me vengo”! Simultáneamente, las manos de de los tres se posaron en los pechos de quien derramaba toda su pasión. Pasaron dos o tres segundos para que su cuerpo alcanzara el punto máximo de excitación; sus se desorbitaron mientras su chacra sexual remaba un líquido que era apenas visible por el brillo de la luz.

La fiesta ya llegaba a su fin y Rosa abandonada el lugar sin fuerzas y por lo que decía, pánfila del hambre. Por sobre su hombro, la pareja de amantes contemplaban sus rostros incrédulos de haberlo hecho. Supongo que de Rosa no supieron nada mas.

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